Puntallana - La Palma
 
 
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Ya los cronistas la señalaron como el séptimo reino de la Isla con el nombre de Tenagua. La localidad se extiende de mar a cumbre en un triángulo de tierras fértiles bendecida por los vientos alisios que transportan las nubes, alimentando el importante acuífero que alumbra las aguas en numerosas fuentes y manantiales de las que hacen gala sus habitantes. 
Entre el Barranco de La Galga y el Barranco Seco se sitúan los pagos de La Galga, El Granel, San Juan de Puntallana, Santa Lucía y Tenagua. Nueve montañas destacan en un paisaje de reconocido valor botánico; sus formaciones boscosas de laurisilva (reducto vegetal de la Era Terciaria) envuelven las vidas de sus moradores que durante generaciones han sabido vivir de los frutos que les proporcionaba la tierra. 
El cereal fue el producto agrícola más cultivado; a través de sus puertos y prois (nombre que se le da a la piedra que en tierra sirve para amarrar embarcaciones) salían numerosos cargamentos de trigo y madera rumbo a otras islas. El desarrollo económico del municipio siempre ha estado supeditado a los períodos de malas cosechas y hambrunas, provocando un flujo de emigrantes hacia Cuba y Venezuela en busca de nuevos horizontes. Actualmente, los frutales, hortalizas, la vid y especialmente el plátano, satisfacen las pautas marcadas por los nuevos mercados de producción. Otra alternativa económica la constituye la modesta oferta de Turismo Rural, que se abre camino poco a poco.

 

LEYENDA del Salto del Enamorado.

La tradición oral sitúa esta trágica historia en las costas de La Galga, lugar donde un valiente pastor enamorado aceptó el reto de una hermosa campesina que al verse agobiada por la constancia del cabrero por lograr su amor, le pidió un imposible para así sentirse libre. Ella le ofrecía su corazón si era capaz de saltar con su lanza (vara con la que los pastores se ayudan para superar las pronunciadas pendientes), sorteando los abismos, tres veces con el cuerpo al vacío y no caer.
El confió su alma a Dios, a la Virgen y a su amada. El valor y la destreza quedaron demostrados en los dos primeros giros, pero en el tercero su cuerpo, falto de fuerzas, no pudo pisar tierra firme, despeñándose en lo más profundo del barranco.
La sed de amor le cegó y murió en su empeño por alcanzarlo; sin embargo ella, perdió la cordura y lloró su desdicha todos los días de su vida. Desde entonces, este lugar

CREENCIAS que navegan a la deriva entre barcos piratas, malignos demonios y ancestrales costumbres

El inmenso y poderoso Océano que muere en las costas era la fuente de inspiración para historias misteriosas como la de La Cueva del Infierno donde piratas y corsarios guardaban de las miradas los tesoros. En la oscuridad de esta cavidad, a 15 m. bajo el nivel del mar, en dirección al fuego eterno, vivía el demonio que en el día de San Bartolomé los puntallaneros pretenden tenerlo alejado, disponiendo ajos y lazos para atar los testículos del diablo, suelto el día de la glorificación del Apóstol.
En Puntallana, la atracción hacia el fuego se repite incesantemente en vísperas de San Juan. Este elemento, junto al agua, el aire y la tierra engendran una magia en la que se confía ciegamente.
La lectura correcta de estos símbolos naturales les predecirá el futuro para el año venidero; así podrán saber si vivirán, si tendrán salud, si les visitará la maternidad o si se casarán con el hombre elegido. 

TRADICIONES vinculadas al mar, al monteverde y a los campos de cereal.


Del saber extraer lo que nos brinda la naturaleza se derivan tareas tradicionales vinculadas al mar y al monteverde.
Era casi un motivo de fiesta la bajada hasta la costa, donde los lugareños, en una zona conocida como Punta Salinas, recogían la preciada sal, lapas, burgados, etc. riquezas que el Océano ofrecía cuando estaba en calma.
Por otro lado, la exuberante vegetación era otra fuente suministradora de maderas, contribuyendo a la economía local.
Pero si hay algo que caracteriza a la comarca de Puntallana es todo lo referente al mundo del cereal. Otrora constituía el granero de la Isla; topónimos como El Granel, Puerto Paja o Puerto Trigo nos dan fe de la importancia que tuvo este cultivo. Productos como la cebada, el centeno, trigo, avena, millo, chochos... eran cosechados, cegados, trillados, tostados y molidos.
Con el viento etéreo se separaba la paja del grano en las eras empedradas y con él también se impulsaban los molinos situados en las ventosas lomas. 
El gofio era la gran recompensa al pago de tanto esfuerzo; la mezcla de las harinas de los diferentes cereales tostados daban como resultado este producto alimenticio tan autóctono. Ya los aborígenes lo atesoraban y desde entonces hasta hoy muchas vueltas han dado esas piedras molineras.

FESTEJOS que discurren entre la magia y la religiosidad. 

Muchas son las celebraciones donde la alegría y la tradición se mantienen vivas. Sin lugar a dudas la fiesta de San Juan (24 de junio) es la principal; en su víspera las hogueras encierran la mágica noche más corta del año. El fuego purifica las almas, aleja los maleficios y preserva de enfermedades a aquellos que salten por encima de sus llamas.
En el pago de Santa Lucía antaño se llevaba a cabo una de las romerías más concurridas de la Isla. La imagen era paseada en una hermosa embarcación, agasajada de flores y frutas. Esta festividad con sabor a mar se ha diluido en el tiempo, pero cada 13 de diciembre la Virgen se viste de gala.
En la entidad de San Bartolomé su calle principal se engalana el 24 de agosto, fecha que marca el comienzo de la zafra de las populares vendimias.
A ellas unimos las fiestas de La Cruz, el 3 de mayo, y la del Sagrado Corazón de Jesús, en Tenagua, a principios de julio.

ARTESANÍA popular.

La artesanía, íntimamente ligada a las clases más humildes, surge como una necesidad económica en los momentos de penuria. Los hombres de campo aprovechan los ratos muertos o la inactividad de la vejez para desarrollar sus habilidades dedicándose, a oficios heredados, con gran maestría.
De su tradición cerealista derivó un importante arraigo entorno a la cestería del colmo de centeno; también se sirven del mimbre, el castaño y la caña para elaborar fuertes cestos de carga.
Por otra parte, las mujeres ataviadas con su almohadilla, dedal, aguja e hilos dan sabias puntadas creando bellos bordados sobre manteles, cojines, tapetes, sábanas...
La costura, cerámica tradicional, repostería, etc. amplían el espectro artesanal que tiene como punto de venta al público la Casa Luján.
Queremos hacer especial mención al oficio de zapatero, casi en el olvido. Una mezcla de olor a piel y caucho impregna el taller donde se hacen los tradicionales zapatos y piezas singulares de piel rústica. Entre cuero, plantillas, hormas, tintas, cremas... pasa la vida el zapatero sentado en su banqueta, y con manos habilidosas se sirve de la máquina de coser para dar forma al calzado apreciado por su gran calidad.

GASTRONOMÍA 

El gofio es el producto más característico; acompañado de queso, papas, mojo o frutas pasadas, está siempre presente en la mesa del canario, pero los de aquí lo amasan con miel, pasas, almendras y vino dulce.
La repostería de dulces, mermeladas, licores y frutas en almíbar tienen especial arraigo en la zona de La Galga.

SUGERENCIAS.

Sin obviar el resto de los hitos queremos hacer hincapié en el sugestivo paseo que discurre por la calle Procesiones detrás del templo de San Juan. Nos conduce hacia el lugar elegido por las familias más prestigiosas que decidieron fundar aquí el núcleo poblacional. Desde su atalaya destaca la Casa Luján, continuando por la calzada que nos recrea en las muestras de la arquitectura popular de las pequeñas casitas para concluir en la fuente de San Juan.
La práctica del senderismo entre los bosques de laurisilva que crecen en El Cubo de La Galga nos introduce en un mundo de sombras vegetales y sonidos de aguas. 
Y para las bicicletas de montaña más atrevidas les señalamos el heroico reto de la pista que sube del Granel hacia el Pico de La Nieve, en la cumbre.

PUNTOS DE INTERES 

Mirador de Las Vueltas de San Juanito.

De camino al Municipio haremos un alto en Las Vueltas de San Juanito, lindantes con el Barranco Seco que marca el límite Este de la comarca; desde allí, un sugerente paisaje se pierde asomándose a las costas recortadas. Las cumbres y laderas de Mazo, las Breñas y Santa Cruz de La Palma se precipitan hacia el azul intenso del mar.


Playa Nogales. 

Desde el mirador la divisamos, arropada por los verticales acantilados que conforman la abrupta costa de Puntallana, se nos brinda inalterable, salvaje y hermosa. Al abrigo de las negras arenas lavadas por el rompiente, desovaban las tortugas marinas en tiempos pasados. 
A ella podemos acceder a través del sendero que discurre sinuoso al pie del acantilado; en media hora, la playa más bonita de la Isla será una realidad.


Templo de San Juan. 

Con cuerpo de piedra y alma de metal se erige majestuosa la espadaña de la iglesia de San Juan Bautista; ya existente después de la Conquista fue reedificada en el siglo XVIII. Hoy cuenta, entre sus muros, con un magnífico retablo barroco de maderas doradas que acoge al Santo Patrón, talla flamenca del siglo XVI.
La tradición mudéjar se ve representada en el laborioso artesonado pintado en tonos azules. 


Casa Luján.


La casona señorial que data del siglo XIX está situada en el núcleo de San Juan. Sus artífices utilizaron la piedra, la teja y las cálidas maderas ateadas para darle vida siguiendo las pautas constructivas tradicionales.
Actualmente sus habitaciones, a modo de escenario, ambientan un estilo de vida ya obsoleto a base de antiguos muebles, detalles decorativos, textiles y demás enseres domésticos, constituyendo un hermoso museo etnográfico de indudable interés (abierto al público de 10 a 13 y de 16 a 18 horas).
En este edificio, que antaño fue Ayuntamiento y escuela, conviven las oficinas de Turismo Rural "Isla Bonita" y el Centro de Promoción y Venta de Artesanía Tradicional. 


Fuente de San Juan.

Bajo la generosa sombra de los árboles se oye el sonido cantarín de las aguas de la fuente que pregonan un ruido habitual en tiempos en los que la gente se servía del líquido para su uso doméstico.
Muy cerca de ella está la fuentiña, lugar donde las mujeres lavaban sus ropas; los dornajos para que las bestias saciaran su sed también estaban vinculadas a estos puntos de encuentro cotidianos en el que proliferaban las relaciones entre los lugareños. 
Cada año el Santo Patrón es portado en procesión hasta ella en agradecimiento por el preciado líquido vivificador.

Ermita y miradores de San Bartolomé.

A los pies de la Montaña de La Galga se encuentra la pequeña ermita de San Bartolomé (siglo XVI); sus blancos muros acogen a la Virgen de Nuestra Señora de La Piedad.
Junto a ella dos miradores ofrecen al visitante panorámicas de todo el Municipio; cumbres, montañas, barrancos, lomos y acantilados se abren al mar. Como en una diluida acuarela, las casas se dibujan salpicadas entre el verdor de la espesa vegetación.
Desde aquí se divisan los riscos que le causaron la muerte al desgraciado pastor que encierran la leyenda del Salto del Enamorado.

Cardonal de Martín Luis.

Entre Tenagua y San Juan de Puntallana, en un tramo de tres kilómetros se encuentra el Sitio de Interés Científico del Barranco del Agua. Las plantas xerófilas endémicas canarias tiene uno de los lugares de congregación más llamativos de la Isla. El cardón, la tabaiba, la retama, el cornical... han colonizado estas laderas volcánicas que hoy conviven con los cultivos de plátanos muy extendidos en la zona costera de la localidad.

Piedra Llana.


Constituye el punto más alto del Término a 2.321 m. Forma parte del Parque Natural de Las Nieves, asentándose sobre la crestería de La Caldera. En estos lares donde conviven ecosistemas de matorral y pinar, la huellas de los aborígenes está presente siendo frecuentes los restos de cabañas, amontonamientos de piedra, grabados rupestres, fragmentos cerámicos y líticos.
En las estribaciones de la montaña se ubica la obra que el artista lanzaroteño César Manrique dedicó a la unión de los pueblos en el estudio del cosmos.


Ermita de Santa Lucía.

Junto a la montaña centinela de Tenagua, atalaya natural desde donde los nativos vigilaban el horizonte del mar, se asienta el pago de Santa Lucía. Del antiguo caserío, entre campos de cereal abandonados y esbeltas palmeras, destaca la ermita que alberga a la estatua de la virgen de Santa Lucía de rostro sereno, proveniente de Amberes (siglo XVI). A ella acuden las gentes de toda la Isla para pedir por la salud de sus ojos. 


El Cubo de La Galga.

El profundo Barranco de La Galga nos sumerge en un mundo donde la niebla envuelve rincones y bosques milenarios que se mantienen frescos por la constancia que demuestran las nubes al chocar con el relieve.
Los tiles, laureles, viñátigos, barbusanos, helechos... conforman la laurisilva que se hace gigante entorno a los estrechos cabocos creados por la erosión de las aguas que discurren por sus entrañas. 
En la densidad del monteverde se oye el silencio roto por los sutiles sonidos naturales del revuelo de las palomas turqué y rabiche que se alimentan de las bayas.